Esto no es cosa seria



Prótesis

Metió el pie hasta el fondo del acelerador, apenas alcanzó a escuchar el golpe seco del auto y cuando abrió los ojos estaba en el cuarto de un hospital. Su reacción inmediata fue preguntar por Olivia su novia, nadie quería darle noticia, esperaba lo peor.

Se enteró tiempo después: una pierna rota e insalvable, y un ánimo de desconsuelo que casi la llevaban al suicidio. El pene se le erectó en segundos, no esperaba tanta buena suerte.

Pidió una fotografía de Olivia, la obtuvo a regañadientes.  La imagen era perfecta: el cuerpo delgado y pequeño de su novia estaba mutilado y rasgado.

Aquella noche se masturbó tantas veces que rasgó la sábana con el yeso de su mano fracturada. El gusto no le duró mucho. Olivia obtuvo una prótesis, él, volvió a perder todo deseo sexual. 

Los Salvajes: ¿A quién le importa la psicología del personaje si se puede llenar la pantalla de sangre?

No somos capaces de achacarle a nuestras acciones el peso de nuestros inconfensables deseos. Hemos aprendido a justificar que por amor, honor, paz, justicia, etc. Podemos poner en práctica las fobias y filias sin que seamos juzgados severamente por la sociedad. Todo tiene un por qué, no se trata de ser simples homo sapiens; lo disfrazamos, nos creamos historias y teorías que nos permitan darle la vuelta a una realidad que se antoja más bien insípida.

 ¿Para qué una consciencia de nuestro entorno o de nosotros mismos? Tan fácil que es inventar a nuestro gusto y necesidad; por eso jugamos a que trazamos un destino, a que lo ponemos en práctica y vamos en cada paso, dándole significados y significantes casi románticos. Por ende, cuando alguien, quien sea, dice que incluso los hechos más atroces se hicieron porque se luchaba por los valores  o ideales socialmente aceptados, una parte de nosotros, ofrece una mirada condescendiente y perdona.

¿Quién es capaz de reclamarle a aquellos que trasgreden nuestras propias reglas cuando con los ojos llorosos y el corazón en la mano nos dice que lo hizo por amor a la tierra, el humano o su familia? Somos una horda de sentimentaloides que aunque se promulgue misántropa, en el fondo, se conmueve con finales felices o melodramáticos en la historia universal, la literatura o el cine.

Ni siquiera Oliver Stone se salva. Al menos no en la película Salvajes, (Savages, 2012), recién estrenada en nuestro país. En esta cinta, el cineasta norteamericano, nos cuenta, con su magistral lenguaje visual, una historia parca, predecible y cruda que se llena de estereotipos que rayan en lo ofensivo, no sólo por ese dejo de racismo que se impregna en cada personaje mexicano, sino porque en el fondo, parece que ellos mismos se creen que son los buenos, los dañados emocionales, los que detrás de esa coraza de país invasor, son quienes buscan una paz que los vuelva parte del concepto del ser humano correcto que se asemeja a la palabra de dios, sea lo que sea que ello signifique.

Justifican su ignorancia hacia otros mundos, en el nombre del amor al arte y el entretenimiento, justifican su justicia. 

Digámoslo claro, aunque en la película, los protagonistas de la historia son un trío de narcotraficantes, tienen un motivo que intenta hacer que los espectadores sintamos empatía por ellos: el pobre soldado dañado en Afganistán que busca dejar de sentirse vacío, la joven chica, bella y rica que ha sido ignorada por sus padres y el soñador social que con el dinero obtenido de la venta de drogas, va por el mundo salvándolo de la pobreza y la maldad, de todos aquellos que no son norteamericanos.  Sus acciones no son vanas, tienen un fin que justifica sus medios. Son buenos.

La contraparte de estos protagonistas que además caen en el cliché de películas o series de televisión rosas, -con todo y sus caras bonitas, cuerpos marcados y una sensualidad que irradia acartonamiento y superficialidad-  es la de mexicanos de carne y hueso que tienen que meterse en los más inverosímiles personajes llenos de defectos que van de lo jocoso a lo ofensivo.  Ya lo suponen bien, nada que no se vea actualmente: mexicanos corruptos, sedientos de dinero y de venganza contra todo aquel que le traiciona; con ademanes bruscos, miradas pérdidas ¿y por qué no decirlo? Con ese aire de “salvajismo” que nos recuerda a la centenaria pregunta de: ¿tienen alma?

Ni siquiera valdría la pena mencionar lo que ya nos suponemos cuando una película trata del fenómeno del narcotráfico México-Estados Unidos: serán ellos, los americanos, quienes tendrán que defenderse de la maldad mexicana que hace que las personas, por mucho dinero que tengan, no dejen de ser una especie poco racional que se deja llevar por las vísceras. Es decir, ellos juegan limpio, son inteligentes, graduados de universidades de prestigio, se manejan por medio de los más sofisticados métodos de inteligencia (gracias a la DEA y al FBI) mientras que los mexicanos, sin importar sea cual sea el personaje, usaran las más burdas, crueles y denigrantes prácticas de odio hacia el mundo en general, porque… mmm, pues porque ellos suponen que así somos.

Supongo que Oliver Stone, muy emocionado de su capacidad de análisis político y social, se dijo así mismo: ¿Por qué no empezar con una bonita y cotidiana escena de gente decapitada que se contraste con el mar de California  y las dulces y suaves curvas de la protagonista; y dicho sea de paso, por qué no acabar con la  bonita y determinada “justicia” en la que los mexicanos son los que van a la cárcel –si les va bien, porque ya saben, terminamos matándonos entre nosotros como animalitos, mientras que ellos  son capaces de salir huyendo hacia un mundo feliz en donde son, para no variar, más consciente de sus errores y por ende, hasta más buenos y más inteligentes-?

Me llama la atención, por supuesto, la forma en que son representadas las mujeres en esta película: lo dicho, la mujer norteamericana cumple con el estereotipo de la chica guapa, rubia, insegura, liberal, sexy y adorada por todos. En cambio, las mexicanas, -todas- son representadas como duras, sensuales pero vulgares, dramáticas, malagradecidas, viscerales y con la sangre fría para hacer lo que deben de hacer.

El personaje de Salma Hayek es ejemplo de ello: puede vivir en el lujo y el confort, pero siempre tendrá esos detalles que la hacen ser latina: ve películas de Pedro Infante, para darle lógica “cultural” a las decisiones melodramáticas que toda madre abnegada y todopoderosa suele hacer; denigra y ofende a sus empleados, vocifera groserías en español, ordena matanzas y métodos de tortura indescriptibles pero eso sí, tiene el corazón solitario y lo único que desea es el amor de sus hijos, porque además, le es fiel a su difunto esposo,  y se le niega entonces, la posibilidad de tomar decisiones autónomas. La mujer latina, aunque dura y entrona, es víctima y verdugo de sus circunstancias. Detalle de sobra pero significativo: suele comer en una mesa elegante, pero como buena salvaje se da el lujo de usar las manos  a la hora de saborear las costillitas de cordero mientras habla de una hija a la que extraña y que admira porque no quiere ser “igual a ella”, aunque ella sea buena, o más bien es mala, o algo así.

Ni qué decir de los personajes masculinos- también todos-, son simples jaladores de gatillos, ejecutores de castigos y torturas, jardineros, libidinosos y traidores. ¿A quién le importa la psicología del personaje si se puede llenar la pantalla de sangre?

La película más que mostrarnos un conflicto dramático, o una probadita de las consecuencias del narcotráfico, o la introspección de alguno de los personajes principales; se queda en una historia que más que ser transgresora, deja una risa incómoda. No sólo en cuánto a los prejuicios enumerados, sino porque en tiempos de crisis económica, ir a pagar 58 pesos por una bazofia como ésta, es sumamente doloroso.